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LA PATOCRACIA

(esta página se encuentra en el capítulo Patología y balance)

Introducción

El balance de la Unión Europea es catastrófico. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Son posibles varias explicaciones. ¿Una ceguera ideológica? ¿Una crisis del capitalismo? ¿La incompetencia de los dirigentes? ¿Una acumulación de errores? ¿O una intención deliberada? Esta última hipótesis es la menos explorada. Es la que desarrollaremos aquí.

El concepto de patocracia

La psiquiatría describe un trastorno de la personalidad antisocial, a veces llamado sociopatía. Sus rasgos principales: manipulación, cinismo, encanto superficial, ausencia de remordimiento, arrogancia, falta de empatía, violación de los derechos de los demás, desprecio de las normas, transgresión de las reglas sociales. En los casos extremos, este trastorno puede llegar hasta el comportamiento criminal, con un disfrute del sufrimiento ajeno.

Apoyándose en este trastorno mental, el Dr. Lobaczewski publicó un libro sobre la patocracia (traducido en Occidente en 1984). En una patocracia, los dirigentes están animados por una voluntad de poder, de depredación, un espíritu de venganza, un deseo de hacer daño. El interés nacional deja de contar. Se eluden las leyes. Se impone la propia ley a la sociedad para satisfacer un deseo de poder. El país se utiliza como fuente de botín. Un sistema patocrático no duda en recurrir al miedo, incluso a la guerra. Ya no hay ninguna consideración por la vida humana.

Una patocracia se instala sobre una sociedad materialista, despreocupada e individualista. Una sociedad que ha perdido sus valores y sus referencias.

Es difícil admitir que un sistema político busca perjudicar a la población. La negación se suma así a la apatía ciudadana. El entretenimiento y la sociedad de consumo refuerzan esta negación. Esto está relacionado con una ceguera cognitiva.

Una patocracia puede eludir la democracia y el resultado de un referéndum (2009). Puede organizar referéndums amañados y tratados ilegibles (Maastricht, TCE, Lisboa). Puede implantar un control social (Covid-19). Puede generar un endeudamiento masivo o un expolio financiero (2008, y después Chipre en 2013). Puede destruir un país (Grecia). Puede desarrollar una rusofobia con el riesgo de una tercera guerra mundial.

Ensayos recientes sobre la patología del poder

El libro de Lobaczewski data de 1984 (su publicación en Occidente). Desde entonces, varios ensayos han abordado este tema:

Un paralelismo con "The Fourth Turning"

El libro The Fourth Turning (Strauss y Howe, 1997) describe una evolución cíclica de las sociedades. Cada ciclo dura unos 21 años, con 4 fases. La última es peligrosa. Puede desembocar en una regeneración de la sociedad y de las instituciones. O bien puede provocar una catástrofe que llegue hasta un colapso civilizatorio. Según los autores, esta 4ª fase habría comenzado hacia 2005 en Estados Unidos. Esta tesis no está necesariamente validada. Sin embargo, puede aplicarse a la Unión Europea, para observar la intensificación de un proceso de destrucción:

Un sistema complejo e imbricado

El sistema patocrático europeo explica el balance catastrófico de la Unión Europea. Se apoya en varios pilares:

Estos componentes forman un sistema estrechamente imbricado. En lo relativo a Rusia, la UE, la OTAN, las finanzas, el complejo militar-industrial y la propaganda mediática se refuerzan mutuamente:

Las etapas de la deriva: la estrategia de los pequeños pasos, de 1984 a 2008

Neutralizar la democracia desde dentro

Blindar la economía a favor de las finanzas

Debilitar a Europa y a Rusia

Tres series de hechos, una misma convergencia

Desde 1984, y con más fuerza desde 2008, tres series de hechos convergen hacia una misma constatación.

La primera concierne a la democracia. El proyecto Spinelli se deja de lado en favor del Acta Única. El Tratado Constitucional Europeo, rechazado por referéndum en Francia y en los Países Bajos en 2005, regresa casi idéntico en forma de tratado intergubernamental: el Tratado de Lisboa. La consulta popular se elude así deliberadamente. Las decisiones económicas más estructurales se constitucionalizan. Escapan al debate democrático y se confían a instituciones no elegidas. Colin Crouch llama a esto «posdemocracia»: se mantienen las apariencias del sufragio universal, pero la sustancia de la decisión política queda confiscada. Esto va mucho más allá de un simple déficit democrático.

La segunda concierne a la arquitectura económica europea. Con Maastricht y luego con Lisboa, los Estados miembros renuncian a su soberanía monetaria. Obligados a endeudarse en los mercados financieros, se encierran progresivamente en una lógica de endeudamiento estructural. Al mismo tiempo, la optimización y la evasión fiscales se toleran, incluso se organizan, dentro de la propia Unión. Países como Luxemburgo o Irlanda sirven de plataformas legales para un expolio fiscal estimado en varios cientos de miles de millones al año (Zucman). Resultado: unos ingresos públicos asfixiados, una deuda presentada como una imposición técnica más que como una elección política, y recortes sociales impuestos como única salida posible. Algunos hablan de «starve the beast» (matar de hambre a la bestia).

La tercera concierne a la geopolítica. Entre 1991 y 1999 se abre una ventana histórica para construir una arquitectura de seguridad común entre Europa y Rusia. Esta ventana se cierra metódicamente: guerra de la OTAN contra Serbia, sucesivas ampliaciones de la OTAN hacia las fronteras rusas, instrumentalización del conflicto ucraniano en detrimento de los intereses económicos y de seguridad europeos. Resultado: una Europa comprometida en una lógica de confrontación, que soporta la mayor parte del coste, en beneficio de intereses que no son los suyos.

Estas tres series de hechos podrían explicarse por separado, por la ceguera ideológica, la incompetencia, o la captura por intereses privados. Pero su convergencia desde 1984, con beneficiarios constantes y perdedores constantes, exige una hipótesis más amplia. ¿Resulta este sistema de una intención coordinada, o de una convergencia de intereses progresivamente institucionalizada? La pregunta es difícil de zanjar, y difícil de escuchar para una parte de la población. Pero los efectos, los beneficiarios, y la capacidad del sistema para neutralizar cualquier resistencia interna son, en cambio, observables y están documentados. Esto es lo que el concepto de patocracia permite nombrar.

El control social a la china representa la forma más acabada y explícita de patocracia aplicada a la gobernanza de las poblaciones. En Occidente existen equivalentes: vigilancia digital, gestión mediante el miedo. Producen efectos comparables, bajo formas menos visibles, lo que los hace más difíciles de identificar y de cuestionar.

Una hipótesis psicológica

Existe una hipótesis suplementaria, de orden psicológico y colectivo: una correspondencia entre la ceguera cognitiva de una población y su traducción política.

La mente permanece prisionera mientras no reconozca su sombra (visión junguiana), o mientras permanezca en la ignorancia (visión budista). Es esta prisión cognitiva la que genera el sufrimiento, a escala individual.

Europa se construyó en la opacidad. Su dimensión ha permanecido puramente económica y materialista, sostenida por reglas tecnocráticas. No ha definido un propósito en términos de valores humanos. Ha mantenido una fachada democrática, una pérdida de sentido y una deriva geopolítica. Es una construcción vacía de sentido, que oculta la dimensión humana. Le falta lucidez histórica frente a su propio pasado: orgullo de la hegemonía pasada, sentimiento de superioridad moral, miedo al declive. Sigue siendo incapaz de cuestionarse a sí misma: vicios de construcción, fachada democrática, deriva hacia el control social, ignorancia de la interdependencia en las relaciones internacionales. Su sombra actúa, pues, de manera encubierta. Se proyecta hacia el exterior, a través de la construcción de un enemigo: Rusia. El resultado es una prisión generadora de sufrimientos colectivos: degradación de las condiciones de vida de las poblaciones europeas, deriva hacia la guerra.

Esta prisión produce crisis reales. Y al mismo tiempo, esta Europa desviada no es sino la proyección gigante de nuestra propia prisión interior, individual, sobre el mapa europeo. Un proyecto europeo necesita un propósito virtuoso, que vaya más allá de la simple lógica contable. Necesita lucidez histórica para afrontar su pasado e integrar su sombra. Necesita cooperación, una seguridad global (los Acuerdos de Helsinki, la Carta de París, los acuerdos de Estambul), una democracia viva, y una humanización de nuestras sociedades mediante la valorización de una ecología del espíritu.

Una sociedad que se niega a ver, por miedo, por negación o por comodidad, crea las condiciones favorables para la aparición de un sistema que organiza y perpetúa esta ceguera.

Sin ceguera colectiva, no hay patocracia.

Es en este sentido que la transformación política es inseparable de una transformación interior, individual y colectiva. El mundo exterior refleja el estado interior colectivo. Una transformación duradera debe, por tanto, actuar en ambos niveles a la vez.

Cambiar: es el trabajo interior, la individuación junguiana, la transformación de uno mismo: salir de las propias cegueras cognitivas y emocionales.

Humanizar: es la traducción colectiva y política de esta transformación, una Europa que encarne valores humanos en lugar de un sistema patocrático.

Se trata, pues, de contribuir a la aparición de una minoría consciente, suficientemente lúcida para preparar una transformación más amplia, cuando la crisis la vuelva inevitable.

Un posible vuelco hacia el totalitarismo

Imaginemos que estalla una guerra contra Rusia, y que se suspenden las elecciones. Si se reunieran las siguientes condiciones:

entonces caeríamos en un sistema totalitario. Este vuelco se produciría de forma insidiosa, por etapas graduales. Ya podemos observar una gradación de este tipo: el ostracismo hacia los opositores a la vacunación obligatoria vinculada a las inyecciones de ARNm, no probadas a largo plazo, durante la crisis de la Covid-19. A la escala del fenómeno, se parte de un simple deseo de apartar u ostracizar a los opositores a estas nuevas inyecciones génicas. Podría acabar en la criminalización de los opositores a la guerra y su encarcelamiento, ejerciéndose entonces la violencia de Estado abiertamente contra la población civil disidente. La historia demuestra que este vuelco se construye etapa por etapa, hasta el punto en que la marcha atrás se vuelve difícil.

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